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¿Qué es exactamente?

La rota (también llamada crota, rote, rotta o rotte, según el país) es un instrumento de cuerda pulsada, es decir, se toca con los dedos o con un plectro, sin necesidad de un mástil o mango como el de una guitarra. Su caja de resonancia tiene forma de triángulo rectángulo y, en su versión más citada, montaba hasta 17 cuerdas.

Lo curioso es que la rota es un poco un «hijo de dos instrumentos»: del arpa toma la postura vertical, apoyada sobre el hombro del músico, y la forma de pulsar las cuerdas con las manos; del salterio hereda la caja triangular de lados rectos y esos rosetones (los agujeritos decorativos que ayudan a proyectar el sonido) típicos de su familia. Por eso muchos historiadores de la música la describen como un híbrido entre arpa y salterio, más que como un instrumento completamente original.

Y ojo, porque hay otra rama de la familia: algunas versiones de la rota no se pulsaban, sino que se frotaban con un arco, funcionando casi como el antepasado lejano de instrumentos de cuerda frotada. La iconografía medieval —relieves en iglesias, canecillos, miniaturas— nos ha dejado ambas versiones, lo que demuestra que «rota» no era un modelo único y cerrado, sino más bien una familia de instrumentos parecidos que viajaba de región en región cambiando ligeramente de forma.

Un nombre con pasaporte múltiple

Aquí viene una de las partes más entretenidas de esta historia: el lío de nombres. La rota tiene tantos alias como un personaje de novela de espías. En galés se llamaba crwth, en irlandés antiguo cruit, en inglés medieval rote o crowd, en francés rote, en alemán rotte o hrotta, y en latín medieval aparece como chrotta o crotta. Todos estos nombres están emparentados lingüísticamente, lo que sugiere un origen común, aunque los expertos todavía discuten si el instrumento nació en las islas británicas (probablemente en Irlanda, como el cruit, para luego viajar hacia el continente) o si surgió en Europa central y se expandió hacia el noroeste.

Lo que sí sabemos con certeza es que ya en el siglo VI, el poeta Venancio Fortunato mencionaba la «chrotta Britanna«, dejando constancia escrita de que este instrumento —o algo muy parecido— ya sonaba en Bretaña mucho antes de que la Europa medieval llegara a su esplendor cultural.

Su época dorada: del siglo X al XV

Entre los siglos X y XV, la rota vive su momento de mayor gloria. Se la asocia particularmente con la música galesa y con los bardos, esos poetas-músicos que la difundieron por buena parte de Europa. Pero no se quedó solo en Gales: aparece representada una y otra vez en el arte religioso y profano de la época.

Una de las imágenes más citadas es la de Saint Martial de Limoges, en Francia (siglo XIII), donde nada menos que el rey David —el músico bíblico por excelencia— aparece tocando la rota. En España también dejó huella: en un canecillo (esas piedras talladas que sobresalen de los muros de las iglesias románicas) de la colegiata de Santillana del Mar, en Cantabria, se representa a un músico tocando una rota rectangular con arco.

La literatura medieval castellana tampoco se olvidó de ella. Aparece mencionada en el Libro de Apolonio, en el Libro de buen amor del Arcipreste de Hita, y en los Milagros de Nuestra Señora de Gonzalo de Berceo. Incluso el Libro de Alexandre, del siglo XIII, describe la entrada triunfal de Alejandro Magno en Babilonia acompañada de un estruendo de juglares tocando «farpa, giga e rota» entre otros instrumentos, como si la rota fuera parte obligatoria del combo musical de cualquier fiesta que se preciara.

Es decir: durante cuatrocientos años, la rota no fue un instrumento marginal ni exótico. Era mainstream. Sonaba en las cortes, en las iglesias, en las plazas, en boca de juglares y trovadores, acompañando romances, cantigas y epopeyas.

¿Por qué desapareció?

Aquí la historia se pone un poco agridulce. A partir del siglo XV, la rota empieza a desvanecerse del mapa musical europeo. Hay varias razones que se entrelazan:

Por un lado, el propio nombre generó confusión durante siglos: en textos anglosajones y medievales tempranos, palabras como hearpe (arpa), rotte y cithara a veces se usaban para describir el mismo tipo de instrumento, lo que hace muy difícil rastrear con precisión cuándo hablamos realmente de una rota y cuándo de otra cosa parecida.

Por otro lado, la llegada de instrumentos más versátiles y «modernos» para la época —como el laúd, la vihuela o los primeros instrumentos de teclado— fue empujando a la rota hacia el olvido. En la mayor parte de Europa continental, terminó desapareciendo casi por completo.

Pero no en todos lados: en Gales, su pariente cercano el crwth sobrevivió mucho más tiempo, evolucionando hacia una versión tocada con arco, y llegó a considerarse casi un símbolo de identidad musical galesa. Y en Escandinavia también se mantuvieron vivas algunas variantes de la familia. Hoy solo se conservan cuatro ejemplares históricos de crwth, guardados como tesoros en la National Library of Wales, en Aberystwyth.

El renacer inesperado

Y aquí es donde la historia se pone bonita otra vez. En los últimos años, la rota ha empezado a experimentar algo parecido a una segunda vida gracias al movimiento de la música antigua (early music), ese universo de musicólogos, luthieres e intérpretes obsesionados con recuperar el sonido real de instrumentos que llevaban siglos silenciados.

Luthieres especializados estudian la iconografía medieval —esos relieves, miniaturas y tallas que mencionamos antes— para reconstruir réplicas lo más fieles posible. Grupos de música medieval la incorporan en sus repertorios, y algunos investigadores dedican artículos enteros a documentar cada representación histórica de la rota que sobrevive en catedrales y manuscritos por toda Europa.

No es un instrumento que vayas a escuchar en la radio, pero si alguna vez ves un concierto de música medieval en vivo, hay una posibilidad real de que entre arpas, salterios y vielas, aparezca también una rota sonando exactamente como sonaba hace ochocientos años.

Por qué vale la pena conocerla

La rota es, en el fondo, una lección de humildad histórica: nos recuerda que no todos los instrumentos que fueron enormemente populares en su momento sobrevivieron hasta hoy, y que buena parte de lo que llamamos «música antigua» es en realidad un ejercicio de arqueología sonora, de reconstruir con paciencia algo que casi se perdió para siempre.

La próxima vez que veas una talla medieval en una iglesia, o una miniatura con un rey tocando un instrumento triangular raro, ya sabrás que probablemente estás mirando a una rota. Y ahora también sabrás su historia.


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